Zaratustra se marchó a la montaña; esperando gozar de su soledad se encontró con Caín, Prometeo y Sísifo; obviamente,no salió nada "bueno" para los "buenos": Bajó de la montaña
el Zaratustra anarquista y rebelde.

jueves, 20 de febrero de 2014

Breve relato de la vida de un anarquista (parte I)

Nací en Caracas un 7 de diciembre de 1974; hijo de María Isabel Hernández Navas, nacida en Palo Negro, Estado Aragua, y de Bartolo María Rivas Rivas, oriundo de un pueblo llamado Querepare, cercano a la Península de Paria, Estado Sucre, y hermano de Virgmary Jackeline, Marysabel y José Félix, nacidos todos en Caracas. Por razones que desconozco, desde temprana edad comencé a dar signos de ser un niño aislado, apartado y solitario, casi tendiente al autismo; cuando cursaba el preescolar me orinaba en los pantalones y normalmente era conducido al aula de mi hermana mayor, quien me lleva un año de edad y también se encontraba en el preescolar; cursando el tercer grado de educación básica o primaria, reprobé todas las asignaturas, aún así el Maestro Rómulo tenía intenciones de promoverme al cuarto grado, a lo cual mis padres se negaron rotundamente, por lo que repetí el tercer grado, y durante las vacaciones de Agosto de ese año vi mi habitación convertida en una celda mientras veía además, como el resto de mis hermanos disfrutaban con juegos de sus días de asueto.
Mi madre tiene tercer año de bachillerato aprobado y trabajó hasta el día que contrajo matrimonio con mi padre, pues ambos decidieron que lo mejor sería que ella se dedicara al hogar, y ciertamente a lo largo del tiempo puede evidenciar que no existía un ser más abnegado en el hogar que mi madre, pues nunca paraba cuando de limpieza, comida y atención de sus hijos se trataba; mi padre tiene sexto grado de primaria aprobado, que para entonces vaya que si equivaldría a un título de bachillerato de hoy día, además realizó un curso técnico de contaduría, equiparable a un título de licenciado en contaduría, y dado el amplio dominio que adquirió en dicha área, alcanzó a ocupar importantes cargos gerenciales en la administración pública, específicamente en lo que se conoció como Corpoindustria. Mis padres, coincidían ambos en que el legado y herencia que dejarían a sus hijos sería la educación; supongo que a esto se debió su intuitiva, determinante y decidida actitud conductista, frente a la reprobación de mi tercer grado, muy a pesar de las intenciones del Maestro Rómulo.
El hogar de nuestra familia fue variable, vivimos en Palo Negro, Guaruto, La Esmeralda y El Limón, y no fue sino hasta mis siete años de edad, cuando mi padre pudo adquirir un apartamento ubicado en el tercer piso de un edificio del Sector 12 de Caña de Azúcar. El edificio no contaba con canchas deportivas, mas si con una placita cuyos banquitos en dos de sus extremos hacían las veces de cancha de futbolito, y allí pasábamos la mayor parte de nuestros momentos de recreación mi hermano menor y yo.
Comencé a interesarme por la electrónica y antes de culminar mi sexto grado ya me había propuesto realizar mis estudios de bachillerato en la Escuela Técnica Industrial “Joaquín Avellán”. En esta etapa de mi vida, aún conservaba mis rasgos característicos de personalidad que me acompañaron desde mi infancia, me mantenía aislado, apartado y solitario, pero menos retraído; ya el sistema educativo a través de sus escalas de juicio no me veía como un mal estudiante, sino por el contrario, ya era visto como un buen estudiante incluso ante los ojos de mis padres. Siempre fui un estudiante que iba de su hogar al liceo y del liceo a su hogar, mientras veía como otros compañeros de clases hacían vida en el liceo o fuera de el, y no en sus hogares precisamente. 

Uno de los aspectos con los que me tocó lidiar a lo largo de mis estudios en la E.T.I. “Joaquín Avellán” fue cuando me percaté que era un liceo de “estudiantes” tirapiedras, algunas veces llamados erróneamente como agitadores. Hoy día, reflexionando al respecto, pienso que los niños, adolescentes y jóvenes, siendo rebeldes por naturaleza, no saben nada acerca de la rebeldía y la agitación, y desconocen todo el trasfondo intelectual que hay tras esas palabras, pues su final es del todo predecible, terminan siendo domesticados por la adultez. Quienes me conocen sabrán de mis descuidos y mi escasa memoria, poco lo soy cuando de leer y escribir se trata, pero esta es la excepción, pues hoy comprendo lo que alguna vez leí en un texto cuyo título y autor no recuerdo: “… si el rebelde después de los treinta años no conserva su rebeldía, es porque sencillamente nunca lo fue”. Efectivamente, mientras los hoy domesticados tirapiedras del ayer “agitaban” las calles, yo intuitivamente luchaba por no ser absorbido por su tribu, nunca me sentí solo pues siempre he sido un ser aislado, apartado y solitario, ocasionalmente un poco de temor, lo cual es natural, pero como diría Nietzsche: “ Ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario